jueves, 23 de diciembre de 2010

"ES NOCHEBUENA, LA CENA SE ENFRÍA"


"CAPÍTULO III"

De repente alguien se aproxima y te llama, Abril, por tu nombre. Abril, repite. Con movimientos confusos alzas tu mirada y topas con esos ojos grandes, ahora desmaquillados. Le examinas de arriba abajo y compruebas que es Carmen. Viste con ropa cómoda y poco usual en ella. Es temprano para su visita. ¿Por qué vuelves? –es tu saludo y ella responde que tenía necesidad de verte. Te ofrece una botella de vino. Vino caro, compruebas. Titubeas en aceptarlo pero vence la dependencia al alcohol. Carmen coge el viejo cartón que tú desechaste anoche y se sienta a tu lado. Tú pides disculpas, disculpas sinceras. Ella te pide un trago y brinda por vosotras, por Abril y Carmen. Pero de pronto, gimoteas como una niña y exclamas que no te llamas Abril y que hace años también llevaste zapatos finos y maquillaje.

Carmen te abraza hasta fundir los olores variopintos de vuestros cuerpos y te susurra que todos tenéis una historia. Pero sólo escuchas el eco de tus palabras y con la mirada perdida evocas la tuya. – Me bauticé con este nombre porque en abril empezó mi vida en la calle – dices. Entonces, un escalofrío recorre el cuerpo de Carmen y con voz temblorosa confiesa que su madre le abandonó en este mes. – Lo siento Señora. Vaya coincidencia– manifiestas, mientras te retiras de sus brazos para mostrar tu foto. Pero antes de buscarla, bebes otro trago y colocando la botella frente a ti, culpas al alcohol de tu biografía desdichada.

Una vez más la imagen vuelve a hipnotizarte. Te presentas en ella y señalas los tacones que calzaban tus pies. Acaricias el rostro más infante y revelas que murió en un accidente de tráfico en Navidades; tú ibas bebida y perdiste el control del vehículo. Lo maté- murmuras. Continúas mortificándote, diciendo que fuiste una mala madre y que por eso decidiste abandonar a ella. Le señalas en la foto mientras emites su nombre. -¿Nunca le dije que me gusta su nombre?- preguntas a tu oyente, que desde hace rato no pronuncia palabra.

Como no contesta te vuelves... y descubres que Carmen yace, desvanecida, en el suelo. Golpeas su rostro para recuperar su conciencia y mientras lo haces descubres que en su oreja derecha tiene tu mismo lunar. Empiezas a ver todo borroso; ese lunar en su oreja de niña. Ese lunar tapado, por el cabello, para evitar complejos. Ese lunar, seña de identidad en tu familia. Las imágenes oscurecen y el aturdimiento te rinde a su lado.

Paseantes curiosos contemplan pasivos la escena, hasta que uno de ellos reconoce a Carmen y llama, de inmediato, al ciento doce. A los pocos minutos, luces y sirenas preceden la llegada de la ambulancia.

Despiertas en una habitación de paredes blancas. Miras de un lado a otro, luego te observas a ti misma. Se abre una puerta y entra una simpática enfermera, que mide tu temperatura corporal y se interesa por tu estado. Descanse Julia– se despide a los pocos minutos y te anuncia que tienes visita. Es ahora, cuando recapitulas lo sucedido.

Los mismos pasos que esta mañana. Aspecto serio, ojos enrojecidos. Manos convulsas buscan las tuyas. Silencio. Mirada que te llega y devuelves. –Mamá- te dice, mientras retira los mechones blancos que disimulan tu rostro marchito. Aprietas sus manos. –Fui una mala madre... – te pronuncias hasta que ella con un suave gesto tapa tu boca. Insistes en que quieres acabar tu historia; pero ella la conoce, –te recuerda- fue protagonista. – Tendrás tiempo – te recompensa. Entonces, una niña vivaracha irrumpe en la habitación y es escoltada por un apuesto hombre. Al verte retrocede tímidamente, pero Carmen le apremia para que te bese. –Es tu abuela- os presenta y tú aprecias los mismos ojos, el mismo lunar, tu mismo nombre.

El hombre te saluda con cortesía, y entrega a Carmen una bolsa de estampado navideño. –Vamos a bañarte, y a estrenar vestido- te invita tu hija. - Es Nochebuena, la cena se enfría.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

"ES NOCHEBUENA, LA CENA SE ENFRÍA"


"CAPÍTULO II"

Al día siguiente vuelves a tu sitio favorito, pero antes malgastas el poco dinero que mendigaste, en la sustancia que aliviará los síntomas de abstinencia. La tarde cae con el aroma navideño que aproxima reuniones familiares. Miras una y otra vez la calle por sí tus oídos olvidaron aquellos pasos rítmicos, pero tu única amiga hoy no viene a tu encuentro.

Sacas, con torpeza, de tu bolsillo mugriento la única foto que tienes y que desde hace tiempo ya no miras, sólo la palpas para asegurarte que sigue contigo. En sus colores pálidos se distinguen tres siluetas: las más adulta es la tuya, únicamente reconocible por tus ojos, aunque los retratados avivan un rostro lozano que pertenece a otro tiempo. En ella te acompaña una señorita de unos diez años que copió el tamaño de tus ojos y un muchachito menor que posa sonriente encima de tus rodillas. Mientras contemplas el retrato te bañas de lágrimas, aceleras la ingesta de alcohol y sigues girando tu cuello en busca de Carmen.

La noche vuelve a castigar a la calle con la soledad y el frío propio de diciembre y tú te resistes a marchar por si se le hizo tarde y viene. Cambias el cartón que te sirve de cojín. Está muy limado y tus nalgas resentidas por las cuadriculas de la acera, que tatúan por momentos la poca piel que tienes. Repites, que no necesitas su comida, pero anhelas las caricias que regalan sus miradas. Quizás me olvide –te lastimas-

El ruido de los coches apresuran el amanecer de Nochebuena y tú aún intentas dormir entre el balanceo del sueño y la vigilia; el sueño te sigue traicionado con imágenes pasadas y la vigilia invita a tu cordura a que te disculpes con Carmen, si vuelve.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

"ES NOCHEBUENA, LA CENA SE ENFRÍA"

CAPÍTULO I

Sola barriendo la calle, buscas tu alcoba para la noche. De lejos observas el cajero y repites en alto que ya sabes donde abrigar tu sueño. La Señora Carmen, de vez en cuando, te aconseja que acudas a los albergues; pero ya le explicaste que en aquellas camas duelen los huesos que están acostumbrados a la dureza del suelo.

Luego vagueas, paseando el carro de tus pertenencias, hasta que llegas a tu esquina preferida. Te deslizas poco a poco y te acomodas sobre un cartón en el frío suelo. El vino, tu único y fiel compañero, calienta tu cuerpo y olvida tu nombre –que sólo tú recuerdas-.

Colocas un vaso renegrido en el suelo, por si alguien te da limosna y ocultas tu rostro entre las piernas para evadirte de tu propia vida. La mayoría de las veces lo consigues con la embriaguez, y hasta ríes. Pero hoy ya oscurece, la gente escapa a los hogares y tú maldices el alumbrado navideño de calles y escaparates.

De manera inesperada te acosan recuerdos de tu última Navidad en familia; recuerdos que quieres enterrar para siempre, pero que resucitan cada año por estas fechas. Aprietas tus sienes para calmarte, bebes un generoso trago de tu única bebida y apiñas tus ojos para sacudir tu mente. Alternas tu pesar con una cantarina monótona, pero al instante remite y, sigilosa, escuchas el caminar fino de unos tacones que se aproximan y que delatan la presencia de la Señora Carmen. – Tacones que yo también lucí- balbuceas.

Se inclina sobre ti para interesarse por tu estado, pero tú ignoras sus preguntas. Ella ya conoce esa actitud poco amigable y decide dejarte la cena en tu amplio asiento. Sin embargo y de manera impulsiva, tomas el recipiente de aluminio y lo lanzas a los pies de Carmen, a pesar que desde hace dos meses te da comida caliente. Además maldices, en tono elevado, su caridad y le reprochas que no te da vino, ni dinero para comprarlo. Pero ahora es ella quién te ignora, pues deshace su camino recobrando su gentil aspecto. Tú sigues despotricando palabras que no llaman la atención de los transeúntes, pero sí lo hace el olor hediondo de tu cuerpo y aliento.

Cuando la ciudad silencia por completo, decides trasladarte al cajero y haces virguerías para recobrar el equilibrio de tu escuálida figura. El cajero está libre pero no duermes y cuando lo haces te despierta sobresaltada el rostro de Carmen, el de tus hijos y el tuyo propio – que ya no reconoces-. CONTINUARÁ


domingo, 14 de noviembre de 2010

"CAPRICHOS DE LA VIDA"


CAPÍTULO IV

Cuando volvió por segunda vez a la remota localidad, le esperaban a la misma hora, en el mismo sitio. Manuela tenía prevista la deliciosa merienda, pero esta vez sería intima con los recién llegados. En ella la nana, narraba la notoria mejoría de la señora: había pedido que le ventilasen la habitación, que el sol y el aire puro le acompañasen, todos los días había preguntado por su esposo e hijo... El esposo absorto quería saber más, el hijo dio un respingó y corrió impaciente a la habitación, que desde hace años no pisaba.

La alcoba olía a frescura, la claridad ampliaba el espacio. El silencio era acogedor. Sobre la cama posaba una señora, recordada más anciana. Una fina colcha cubría la mitad del cuerpo yerto, la otra mitad estaba inclinada y vestida con un vistoso camisón de seda. Su rostro lívido estaba empolvado con un suave color rosáceo. Sus ojos verdes proyectaban una mirada sostenida. Su pelo, aún oscuro, estaba recogido en una trenza espigada.

Ella le dedicó una sonrisa carmesí, él se la devolvió con un tímido saludo. Le tendió su mano convulsa, invitándole a que se acercara. Ella repetía el nombre de Paulo y estrujaba sus dedos. Al encuentro se unió el padre y los tres dialogaron con franqueza hasta que la tarde murió. Y aunque la noche resucitó livianos gritos de pesares, había esperanza familiar.

Aquel fin de semana el padre, por la suplica femenina, meditó rematricular al muchacho en la escuela del pueblo hasta que finalizase sus estudios primarios.

Paulo era feliz con el retorno idílico, la madre sanaba con el sol y propalaba su paroxismo con la luna y el padre desaparecía con más frecuencia.

Los meses transcurrieron a la velocidad vertiginosa del tiempo y ajustaron el afecto maternal. Compartían lecturas, el sereno de la siesta en el portón de la calle, la compañía de amistades y paseos ruidosos por la calles empinadas y pedregosas que aminoraban la marcha de la silla de ruedas.

Y así llegó la partida definitiva de Paulo, que le llevó a cumplir con la promesa que le hizo a su madre: diplomarse en periodismo y lucir la beca gris plomo, que ella también ostentó el mismo día que descubrió su embarazo.

Hoy sus primeros pinitos en lo periódicos, ocupan páginas principales bajo el título: “La Sierra de Gata, un capricho de la vida”.

viernes, 5 de noviembre de 2010

"CAPRICHOS DE LA VIDA"


"CAPÍTULO III"

Cuando llegó al final de la carretera que descendía al pueblo, vio correr a los ocho niños del municipio que sagaces aguardaban su llegada. Todos le esperaban en la fachada pedregosa de su casa, distinguida de las aledañas sólo por el pulimento intacto de la madera. Manuela presidía el grupo, con su mismo delantal bordado, y los chiquillos con el balón para disputar el partido pendiente.

Su nana le estrechó entre los brazos, besó su frente y todos los demás se abalanzaron sobre él. ¡Cuánto los había echado de menos! Manuela le sugirió una merienda de chocolate con churros. Él ideó que la degustación fuese compartida con los presentes. La niñera miró al padre, ocupado en descargar el equipaje, quién finalmente asintió con la cabeza.

Afanosos remojaban los churros en el espeso chocolate, para luego saborearlos y dejar en los labios un cerco, que delataba al más goloso, Paulo. Entonces, comenzaron los gritos lastimeros, que en once años era la primera vez que entonaban el nombre del muchacho. La nana desvió sus quehaceres para observar la reacción del joven, el padre le imploró con una mirada piedad y él, también por primera vez, se reveló ante los adultos. Se negó a visitar a aquella dama enclaustrada entre la oscuridad y olores enfermizos, que siempre le había culpado de su estado. Nadie reprochó su actitud, pero el dulce de la merienda se volvió amargo y abrumado abandonó el festín. Los muchachos le acompañaron hasta la calle y el verdor del aire disipó su ira.

El corto fin de semana discurrió placentero. Por las mañanas, durante dos horas, repasaba bajo vigilia la lección de la semana y luego se divertía sin restricciones excesivas. Sin embargo, la tarde del domingo fue tan penosa como la primera vez que marchó. Sus ruegos resultaron vanos; la postura intransigente de su padre mostró el desprecio hacia su pueblo, hacia su gente.

miércoles, 27 de octubre de 2010

"CAPRICHOS DE LA VIDA"


"CAPÍTULO II"

Al cuarto día, muy a su pesar, Paulo abandonó su tierra. No importó su desazón, ni las inexplicables y presurosas despedidas, ni siquiera que era primavera y los campos contiguos recobraban la belleza arrebatada por el invierno. De ninguna manera su progenitor aceptó que acabará el trimestre en la escuela unitaria del pueblo donde estaba matriculado desde los tres años. -Tu matrícula ha sido trasladada al nuevo colegio- era el único argumento paternal.

El periodo de adaptación se tornó turbio y fastidioso. Su estómago se oprimía cada mañana y sólo era liberado por una repentina vomitona, que anunciaba el inicio lectivo. Y es que el cambio fue abismal: su clase rural estaba cuadriplicada en alumnos de su mismo nivel, sus profesores no eran como su maestra Anita, los pasillos eran laberintos que adentran a más aulas y las novatadas del internado eran muy molestas.

Contaba todos los días de la quincena que le devolverían el aire puro de su comarca, la presencia de sus amigos y niñera, incluso la audición de aquellos alaridos agonizantes. Y a pesar de todo, el tiempo ayudó a que Paulo se habituara a las nuevas rutinas y compañías.

El primer trayecto a casa fue silencioso, sólo interrumpido por adulos paternos que pretendían recuperar una utópica complicidad. Pero el muchacho se mantenía ajeno a toda aquella palabrería selecta; viajaba inmerso contrastando el trivial paisaje urbano que los kilómetros transformaron en elegantes campos caprichosos por naturaleza.

lunes, 18 de octubre de 2010

"CAPRICHOS DE LA VIDA"


CAPÍTULO I

Paulo nació en un pequeño pueblo extremeño, de calles angostas y casas idénticas en enfoscados y estructuras, que respetaban su idiosincrasia patrimonial. Era hijo único de padres distinguidos que inmigraron al lejano municipio serrano, para buscar la salud de una esposa alicaída por un embarazo complicado, que le empotró de por vida en un lecho de tristeza abismal.

Paulo desde bebé se enfrentó al rechazo maternal, recordado a diario por alaridos trémulos que auguraban mal presagio. El padre, de adusto carácter, disfrazaba aquel repudio justificándolo de demencial, pero pocas veces concilió un acercamiento.

Sin embargo, el niño tuvo el arrullo de su tata Manuela, que lo mimaba como si fuera su unigénito y lo educaba cuando el padre se ausentaba durante largas temporadas a la capital española, para asegurar sus negocios. Era entonces, cuando Paulo gozaba plenamente del juego compartido entre las travesuras más inocentes, que le permitían embarrar y romper sus mejores ropas y huir del ulular que tanto le abrumaba.

Un día el padre regresó de imprevisto y no encontró a Paulo en su arduo estudio. Enojado le preguntó a Manuela por el muchacho, al que disculpó con un descanso merecido. El padre se asomó al pretil, que adornaba la calle y descubrió al muchacho, que corría para salvarse en el juego del picaporte. Una única llamada represiva retumbó en eco, y reclamaba la inmediata presencia de Paulo en la casa. El saludo fue frío, la reprimenda larga y rigurosa, con una propuesta que no admitía contemplaciones: trasladar su educación fuera de aquel pueblo, que el adulto tanto detestaba. CONTINUARÁ

jueves, 9 de septiembre de 2010

"UN DÍA MÁS PASEAREMOS"


Él, o lo que queda del hombretón rústico que fue, se ha convertido en el enfermero más delicado para ella. Ella, sin quererlo, se ha convertido en recuerdo para él. A veces juega con ser su esposa, pero sólo juega colgada del brazo de él, recorriendo la calles que ahora la pierden. Simula sonrisas que no siente, asiente sin saber de qué le hablan, pero es su manera de mover ficha en el tablero del alzheimer, a sabiendas de que tristemente éste gana. Continuamente se miran, pero no ensimismados de amor; él busca la mente de ella, ella ansia saber quién es él. ¡Él le trata con tanta dulzura...! Cada dos frases le nombra para que no pierda su nombre y de vez en cuando le elogia por ser la esposa más bella.
Sus hijos se quedaron allá en el pasado, la responsabilidad materna un día se olvidó de recoger a los niños en el colegio, al poco tiempo la comida quemada prendió la cocina, luego vinieron otros tantos descuidos y sus hijos ya no confiaron en sus quehaceres. El diagnóstico fue desventurado, pero ellos estaban enclaustrados en la rutina y apenas tuvieron tiempo para despedir a los recuerdos de su madre. Ella no se lo reprocha, a él sin embargo le embarga la soledad. Piensa que no sólo valen los besos, si no luchan para rescatar un recuerdo. Ni siquiera sus ratos lúcidos aprovechan. Vienen y van, se van antes de volver. Se siente cansado, se siente frustrado.
Dedica las veinticuatro horas a su atención, una atención que a menudo se convierte en vigilia para que no vuelva a tirar los cuchillos a la basura, ni a coger las llaves del coche a pesar de que nunca condujo... Cada mañana marca el teléfono del centro que le recomiendan sus hijos, pero ella le mira y él con orgullo un día más promete pasearla.

martes, 17 de agosto de 2010

"CRUCE DE VIDAS"


CAPÍTULO V

20/02/2010

Hoy volvió a mandarle a su hijo unos cuantos besos y eludió los consejos maternos; primero rogó a la madre para que estos no empezaran y luego argumentó que no era momento.

25/02/2010

Todos los días agradece que la comida esté hecha, pero ya no regala la misma sonrisa.

Hoy me atreví a preguntarle que si su trabajo se salvaba de la crisis. Su mirada volvió a desvelar el desagrado de mi pregunta; contestó afirmativamente aunque dijo que era un trabajo temporal, que dejaría en cuanto la volviesen a llamar para su antiguo puesto. En un supermercado –añadió.

27/02/2010

Por teléfono volvió a mandar diecisiete besos y habló de mi dedicación en la cocina. También añadió que hago demasiadas preguntas.

01/03/2010

Es mediodía. Vuelvo a la calle, tras el enojo de Marta. No quiere saber nada de mí, después de confesarle quién soy. Todo ha sucedido, hace cinco minutos, cuando le he dado el dinero del alquiler. Ella lo recontó tres veces, hasta que finalmente me dijo que me había equivocado y que le había dado cincuenta euros de más. Yo le corregí, no era una equivocación. Eran los cincuentas euros restantes de mi pensión mensual y quería dárselos. Ella comenzó a decirme que no necesitaba mi piedad, que su trabajo le valía para mantener a ella y a su hijo. Entonces, maldito de mi, le dije que no me gustaba su trabajo, que sabía a que se dedicaba. Ella muy indignada, me preguntó si yo era, quién decía la rumana, el que le había espiado. Voceó que yo no era nadie para juzgar su vida. Entonces, maldito de mí, le dije que yo era quién engendró su vida, que era su padre. Bofeteó mi cara y me ha pedido que en diez minutos abandone su casa.

Mi corazón duele y no es en sentido metafórico. Su dolor me hace sudar y... (aparece una grafía ininteligible).

Marta escucha un estrepitoso golpe que procede de la habitación de su detestable inquilino. Presurosa, hacía allí se dirige y encuentra el cuerpo de Jacinto, que yace inconsciente sobre la alfombra de Mickey Mouse. Con premura llama al 112, cuya asistencia confirma la muerte.

Dos días después, cuando Marta sigue confusa por los mismos acontecimientos, el abogado Torres Salamantín le llama para darle la noticia de que es heredera única del difunto Jacinto Tovar Flagué. Su gran legado le arranca a Marta de la nocturnidad de la calle; le devuelve a su mejor mayorazgo, su hijo Daniel; y arrepienten sentimientos que rezan sobre la tumba de su padre. FIN

viernes, 6 de agosto de 2010

"CRUCE DE VIDAS"


"CAPÍTULO IV"

15/02/2010
Anoche decidí seguirla, presentía su mentira. Y en efecto, la descubrí en la vía principal de la ciudad. Meneaba a propósito sus caderas y bolso y realzaba su pecho, mucho más protuberante que en horas antes. Ella no se dio cuenta de la secreta presencia que la vigilaba; enseguida se montó en un coche deportivo, cuyo modelo no logré distinguir. Y en la noche, de estrellas artificiales, perdí su pista. Sin embargo, retrocedí mi camino y me dirigí a su compañera de calle para preguntarle cuánto duraban los servicios de la prostituta recientemente ocupada. Pero ignoró mi pregunta y de malos modales me invitó a marcharme, mientras despotricaba augurios infames para Marta. La consideraba una puta sin escrúpulos, que no respetaba las normas del oficio, trabajaba más tiempo por menos dinero. Era indignante - repetía esta compañera rumana- y la excusa de su hijo, era mala como ella. La que más o la que menos, todas tenemos familia –añadía.

Hoy, se levantó a las tres de mediodía. Su despertar fue lento y muy serio. Se disculpó por la demora de la comida y enseguida preparó un arroz a la cubana, que compartimos con una ensalada. Estuve a punto de expresarle el descubrimiento de anoche, pero su actitud distante desestimó mi atrevimiento.
Media tarde volvió a pasar encerrada en su cuarto, la otra media la dedicó al teléfono y a hacer unas compras. Le propuse mi ayuda para traerle la compra, pero tajante rechazó la cortesía. Cuando cayó la tarde, planchó el vestido negro con el que provocaría a la noche y volvió a colocar con esmero, sobre la tabla de planchar, un uniforme verde.
Ahora cuando dan las diez, vuelve a marcharse sin despedirse.

18/02/2010
Los días son todos similares. Marta es una persona muy distante. Hoy, el mejor suceso ha sido su sonrisa, cuando ha descubierto que la comida estaba hecha. Ha expresado las comunes disculpas por la tardanza y yo he aprovechado su buen humor para preguntarle por el chiquillo de las fotos. Estropeé todo. Me dirigió otra de esas miradas recelosas, con sus ojos de gato, y me dijo que era su hijo. Aún me atreví a preguntarle qué donde estaba y con voz enojada, me contestó que con su madre, que a su bebé le abandonó su padre y añadió en bajo que su hijo vivirá su misma historia. Entonces se excusó diciendo que no tenía hambre y se retiró a su habitación.

viernes, 23 de julio de 2010

"CRUCE DE VIDAS"

CAPÍTULO III

A la mañana siguiente Jacinto se levanta con una aspecto más agraciado, sus ropas limpias le ayudan. Su pulso tiembla de abstinencia, pero no tiene alcohol ni modo de conseguirlo. Por ello, se apretuja sus manos e insta a que se calmen. Se prepara el desayuno, pero su torpeza despierta a Marta, que regreso de la calle a horas de vampiros. Jacinto más tiembla, ahora por la presencia femenina. Las disculpas preceden a los buenos días. Le invita a un café y le pregunta a sabiendas, pero con pura inocencia, si salió anoche. Ella responde afirmativamente, pero no entra en detalles. Él establece un monólogo de las malas resacas, pero ella no desmiente que su cuerpo no está resacoso, sino fatigado por el peor trabajo físico.

La compañía vuelve a esconderse en el silencio. Ella hace la comida, que también será cena y huye a su cuarto a dormir, necesita descanso para su cuerpo. Él también se retira a su habitación y después de dos años vuelve a rememorar entre letras a la misma protagonista.

“14 de Febrero de 2010. Copió el extraño color de ojos de su madre; mezcla de destellos marrón claro y matices amarillos, color de ojos de gato. Sus caderas también las contonea como su madre. Su madre, mi mejor amante. Su tristeza y silencio me alejan aún más de ella. Los retratos con su bebé desvelan que en otros tiempos fue alegre y cariñosa.

Es buena madre. Esta mañana le escuche hablando por teléfono, me parece que era con ella, con la que fue mi mejor amante. Preguntó varias veces por Daniel, su bebé y le mandó quince besos. Intuyo que su madre, preguntó por mí. Porque ella expresó, con cierta alegría, que acepté el alquiler y que parecía un buen hombre. Un poco parlanchín –añadió.

Hasta ahora es todo cuanto sé de ella. Mi instinto se mantendrá desvelado esperando cualquier indicio que me invite a su compañía.


Ya se fue, vestida con un apretado y corto vestido rojo. Me atreví a preguntarle por la evidencia, de sí saldría. Me miró con esos ojos de gato, un tanto recelosa por mi chismorreo. Pero resignada por mi interés, me dijo que trabajaba de camarera en un pub y sin más se fue sin despedirse” CONTINUARÁ

miércoles, 14 de julio de 2010

"CRUCE DE VIDAS"

"CAPÍTULO II"
- Son quinientos euros –despacha Marta – pero se incluyen todas las comidas y tiene plena libertad para descansar en el salón – se apresura a decir, previendo que Jacinto desestimará la oferta.

Jacinto demora su respuesta y los minutos de espera reducen la esperanza, que Marta tiene de mantener su hogar. Pero los mismos, dan cabida a las persistentes reflexiones de Jacinto: “¡Quinientos euros! Ya no habrá mas calle. Mi pequeña pensión la empeñaré por estar a su lado. ¿Y ya no habrá mas vino? Maldito subconsciente, maldita dependencia. Maldito vino que robo mi cordura, me encerraron por loco y me restringieron la capacidad de administrar mis riquezas. No habrá mas vino, ella necesita mi dinero. Yo necesito su compañía o ¿necesito más al vino?”
- Señor Jacinto, ¿se encuentra bien? – evade Marta esos pensamiento acusadores- perdone la urgencia pero necesito una respuesta.
- Si hija, perdón –se disculpa el hombre –acepto el alquiler y a Marta se le vuelve a escapar una de esas sonrisas onerosas.


El propio día se convierte en escenario para habituarse a la presencia del otro. Presencia silenciosa, solo interrumpida por explicaciones ambiguas de una propietaria incómoda.
La tarde cae con parsimonia y Jacinto recuenta los últimos cinco euros de mes, que guarda en su bolsillo. Abandona su reciente pensión, para fundirlos. Ella se dedica a planchar el disfraz de su noche de viernes: una minifalda verde pistacho y un estrecho corpiño brillante. Cuando acaba vuelve a colocar, con esmero, el uniforme del supermercado sobre la tabla de planchar; su doblez sigue intacta.
Jacinto en un bazar de la esquina, gasta su poco dinero: dos euros con sesenta, para una libreta de líneas, un lapicero y un borrador; un euro para un detergente barato que adecente su ropa y el resto para el último chato de vino, por un tiempo.

Aquella noche ni siquiera se despiden. Ella marcha presurosa, él, en su cuarto, imagina la salida. CONTINUARÁ

miércoles, 7 de julio de 2010

"CRUCE DE VIDAS"


- No empiece de nuevo madre. Entienda que ahora no es el momento. ¿Quién alimentaría a mi hijo? – Valora Marta, concentrada en sostener el teléfono, entre hombro y cabeza, mientras tinta su uñas de rojo.
- Pero Marta... – se escucha a la madre.
- No madre. Usted también vendió su cuerpo por necesidad. Dígame madre, ¿quién alimentará a Daniel?- vuelve a preguntar Marta, un tanto agobiada por la insistencia de su madre.
- Pero por Dios, Marta. Yo pase por eso y... –pretende aconsejar la madre.
- Madre, le tengo que colgar. He quedado con un hombre interesado en ver la habitación de Daniel. La voy a alquilar y quiero estar preparada para cuando llegue.
- Pero Marta... ¿qué vas a hacer qué? – pregunta la madre con tono preocupado y un tanto más elevado.
- La semana pasada me llegó otra carta del banco, o pago la hipoteca o también me quedo sin casa – argumenta Marta, retocando sus uñas izquierdas.
- No digas eso chiquita, sabes que no te quedaste sin Daniel. Vuestra separación va a ser temporal, vas a ver como dentro de unos meses los asuntos sociales te devuelven su custodia –le consuela la madre.
- Malditos asuntos sociales –masculla Marta.
- Tranquila Marta, conmigo y tus hermanos el bebé está feliz – anima la voz más adulta.
- Ya lo sé madre, pero usted también tiene sus cosas y...Adiós madre, suena el timbre. Cuide de Daniel. Besos.
- Ten cuidado Marta, cuidado con el hombre al que al...- se despide la madre sin dejar que su último consejo llegue a su hija, a pesar de que ahora también elevó su tono.

Marta abre la puerta con los dedos extendidos, para apresurar el acabado de la manicura. El hombre que espera se inclina con ligereza, saluda los buenos días y extiende su mano para presentar su nombre: Jacinto.
Marta responde con apatía, aunque se le escapa una de esas sonrisas naturales, que tan caras vende desde que perdió su trabajo en el supermercado y le abandonó Javi, su marido. También estira su mano mientras emite su nombre. Le gusta la cortesía de este hombre, pero su aspecto le hace desconfiar. Viste levita, pantalón de pinzas y corbata rayada de azules, pero su atuendo está decorado con vistosas manchas. Sus modales son muy refinados: cede el paso en cada estancia con un ademán corporal; asiente con gestos, de complacencia, a las breves descripciones de Marta; pero su aliento desprende hedor a vino añejo.

domingo, 20 de junio de 2010

"VUELO LIBRE"

CAPÍTULO VI

Unos años más tarde, la casualidad le encuentra con él. Él parece cambiado. Tal vez el tiempo y la justicia le enseñaron los modales y valores que rigen la vida. Ella se siente libre, pero su corazón descarrila el latido. Adopta una actitud distante, pero segura. Ella le mira directamente a los ojos y sintiéndose libre, disfraza su miedo. Se saludan. Él pide un sentido perdón, ella una vez más perdona. Él le ruega una última oportunidad, que demostrará su cambio. Ella sintiéndose libre, rechaza con firmeza la proposición y él acepta, porque aprendió a respetar la libertad de los demás. Él se marcha de su vida. Parece triste, parece cambiado. Ella para siempre es libre.

A pesar del curso vertiginoso del tiempo, Tina asegura que nunca más apostará por el amor de un hombre. Ha elegido a la soledad como mejor compañera. Regala su fidelidad a todas aquellas mujeres compañeras de la violencia de género. Rinde homenaje a cada voz que se eleva, para denunciar un maltrato. A otras miles anima, para que sus silencios no escondan la deslealtad de sus malvados compañeros. A ellos los castigaría con el primer alzamiento de mano y los enmudecería tras el mínimo insulto. FIN

sábado, 12 de junio de 2010

"VUELO LIBRE"

Durante dos semanas, Tina sana sus heridas con los remedios de Catalina, Bilma cocina con empeño sus mejores platos, los pequeños retardan la hora de la cena para jugar con la nueva inquilina y Edgar Alfredo interviene, con gusto, en las conversaciones femeninas de la sobremesa.

Sin embargo, la tertulia de esta noche la prolonga la noticia de Tina, que ha decidido reconducir su vida. Bilma intenta disuadir su propósito, Edgar Alfredo le aconseja más tiempo, pero ella destruye estas persuasiones tan sanas. Argumenta que recurrirá a la ayuda que prestan las casas de acogida para mujeres víctimas del maltrato.

Allí, Tina aprende a derribar el miedo, a confiar en su valía, a aumentar su autoestima, a recobrar ánimos, a mantener ilusiones, a premiar sus actos, a cuidar su aspecto... A menudo, la rutina de este escenario la altera la grata visita de su amiga Bilma, que recorre kilómetros de paisajes para vigilar la recuperación de Tina y para recordarle dónde tiene un hogar y una familia.

Desde esta terminal Tina logra emprender su propio vuelo y le devuelve a su vida instantes de felicidad lamentablemente robados. CONTINUARÁ


sábado, 5 de junio de 2010

"VUELO LIBRE"


CAPÍTULO IV

El cielo cabalga con potentes nubes negras, que amenazan liberar una tormenta propia de primavera. Bilma no duda, en levantar el debilitado cuerpo de Tina. Soporta la mayor parte de su peso, sobre un equilibrio titubeante. Pasos lentos y pesarosos se dirigen al hogar de Bilma, pero poco importa para un cielo que ya llora.

La visita inesperada tiene un cálido recibimiento. Todos conocen de vista y oídas a Tina, pero reservan comentarios al respecto. No obstante, los dos gemelos la contemplan con curiosidad inocente y el marido, Edgar Alfredo, comedido advierte que vendrán preguntas repentinas e invita a los pequeños a dar un paseo antes de la cena.

La hija mayor, Catalina, colabora con su madre en rebajar la hinchazón, que impide el parpadeo de uno de sus ojos, y en sanear los cortes, algunos convertidos en cicatrices que tatúan el cuerpo y verifican el tormento padecido. Tina argumenta entre sollozos, que se siente como un pequeño animal indefenso, salvado del cazador más atroz. Bilma y Catalina, le suplican consuelo con palabras de ternura, con gestos que contrastan el color blanco, el color negro.

La cena de los seis comensales, la preside un luto riguroso de silencio que vela el dolor de Tina y acompaña a sus sentimientos. Bilma le insiste para que, al menos, tome un vaso de leche caliente con azúcar; le asegura, con una mirada cómplice, que calmará su dolor, que aliviará su cansancio.

Para salvar la noche, Catalina presta el lecho de sus sueños a la atormentada Tina y ella se aloja en el sofá incómodo y viejo. Y el instinto protector del ángel negro se desvela varias veces, para comprobar la regularidad de una respiración rendida en un sosegado sueño.

sábado, 29 de mayo de 2010

"VUELO LIBRE"

"CAPÍTULO III"
Una suave caricia agita su descuidado peinado y una voz susurra el préstamo de ayuda. Tina se plantea quién le puede regalar esa caricia, si salvo a él no tiene a nadie. A nadie le importa. En su abatimiento imagina, por segundos, a un ángel que le salve de las penurias que le ha tocado, que le han obligado a vivir. Pero destierra esa ilusión, tan idílica como su amor. Alza su mirada, de destellos verde oliva y descubre a Bilma. Su ángel de piel oscura.
Ambas se reconocen y deslizan una sonrisa, pero la de Tina con premura se desbarata. Su mente traicionera, recapitula el desenlace que sufrió cuando conoció a Bilma.

Era invierno. La lluvia que caía a cántaros y el frío aguzante de aquella tarde, tenían desierta la calle. Bilma, acababa de trasladarse con su familia al periférico barrio donde habitaba Tina. La recién llegada, necesitaba tres cucharadas de azúcar para endulzar la leche caliente, que templaría el frío y el cansancio de sus hijos. Entonces, se echó a la calle y al azar tocó el timbre de Tina. Era lo que haría en su país de origen, pensaba. ¡Su país de origen! ¡Cuánto lamentaba su forzoso abandono y cuánto añoraba un regreso cercano! En breve, desatendió a sus arraigados sentimientos cuando una mujer de aspecto sencillo le invitaba a pasar al recibidor. Bilma titubeaba en su presentación y en la disculpa de posibles molestias. Sin embargo, su nerviosismo se apaciguó de inmediato, por la caridad de Tina.
Aquella tarde Bilma se retiró muy agradecida. Sin embargo, Tina maldijo mil veces aquel momentáneo encuentro. Como represalia su marido le castigó a golpes, que le empotraron en cama durante dos dolorosos días.
A los pocos días, ambas coincidieron en la calle pero con silencio se ignoraron. Los oídos de Bilma habían sido testigos de la brutal paliza y eludió hasta la mirada suspicaz con la que Tina le renegó.
Ésta fue la última vez que las dos mujeres se vieron, Bilma y su familia se mudaron a una casa más céntrica y asequible del pequeño pueblo. CONTINUARÁ

viernes, 21 de mayo de 2010

"VUELO LIBRE"

CAPÍTULO II

Mientras, él ahoga su ira en el coñac, que quema una y otra vez su garganta con cada trago que sorbe. Sabe que otra vez hizo mal. Se siente culpable y empieza a llorar. Pero esta vez es distinto, Tina se ha ido.

El rostro de Tina, se muestra muy lívido. Su mirada absorta, se nubla. Un escalofrío azota su cuerpo. Sus piernas flojean y se desvanecen poco a poco, mientras su voz asustadiza ruega descanso al suelo.

Su aturdimiento evoca el primer golpe, propinado a los pocos días de vivir juntos. Luego, en la cordura él se arrepintió y justificó sus actos atribuyéndoselos al alcohol. Ella perdonó pero en el amor se desilusionó y las mariposas que alborotaban con ternura su pecho, desmoronaron su vuelo, perdieron colores y nunca más hicieron cosquilleo.

Alguien se avecina. Tina se asusta. ¿Es su peor enemigo quién la busca? No mira, se acurruca más sobre sí misma. CONTINUARÁ


viernes, 14 de mayo de 2010

"VUELO LIBRE"


Es primavera. Los campos contiguos del pueblo extremeño recobran la belleza arrebatada por el invierno, pero Tina tirita de miedo. Su cuerpo convulsiona de frío. Huye del último golpe, que con premeditación azuzó los cardenales, nunca desteñidos. Lanza un grito de lamento, que agoniza su propia historia. Una historia de tintes tristes y matices amargos.

Recorre tambaleándose la callejuela estrecha y maloliente que le aleja de su cárcel y carcelero. El temor a la persecución y arresto, incita a su mirada a rastrear el camino andado y es un alivio comprobar que por un momento es libre. Su libertad se vio presa, el día que lució, con orgullo, un vestido blanco para ir a la Iglesia. Desde entonces, aprendió a perdonar lo imperdonable, a tolerar lo intolerante, a llorar en silencio, a silenciar el llanto, a morir viviendo, a vivir deseando morir.

La hinchazón de su ojo derecho amenaza con reventar, si no pone los paños fríos que otras veces calman el dolor. Pero esta vez no dispone de tiempo para atender a sus lesiones; sólo quiere caminar sin rumbo. Adopta un paso metódico, propio de un vagabundo; con la cabeza cabizbaja su cuerpo apenas esboza su sombra.


viernes, 7 de mayo de 2010

"ESPÍRITU DEL MIEDO"

"CAPÍTULO II"

Cada pisada detonante lidia con los ruidos que persigues, pero vencen éstos. Tu único escudo es tu móvil, que ya marca el número de Mario.

La escaleras mueren en un amplio pasillo que ancla seis habitaciones. El frío de esta planta y del miedo cala tu huesos. Allí está la tercera puerta, marcando un compás suave hasta que colisiona con la cerradura, que no la empotra, y reproduce el golpazo de replica. La abres con ímpetu, inspeccionas la alcoba desierta para después cerrarla, esforzando a la manilla para que encaje en su sitio. Lo mismo haces con el resto de habitaciones, aunque su puertas son más educadas.

Un último suspiro te lleva a los ruidos, unos graves otros agudos, del dormitorio más retirado. Actúas del mismo modo, pero cuando abres... solo hay silencio. Silencio iluminado por destellos que se le escaparon al sol. Resignada, te apoyas en la pared empapelada con colores ocres y sollozas, mientras repites que ya no puedes más, que con Mario o sin él abandonarás ese caserón encantado.

Abatida te diriges a la mecedora del salón, que apostará por tu sosiego. La arrastras frente a la chimenea, buscando la hipnosis de sus llamas. Pero... hoy los ruidos persisten, el portón del salón ahora vibra, tu más te balanceas, sumida en las formas que dibuja la lumbre.

Así pasas media hora: la mecedora pierde su desafío y las llamas ni siquiera pueden con las convulsiones que te zarandean.

A lo lejos consigues distinguir el sonido que trae a Mario, pero hoy no sales a recibirlo. Él saluda, tú no contestas. Él recorre la planta baja pronunciando tu nombre, hasta que te encuentra rígida como una muñeca movida por una batería de pilas. – No estamos solos –declaras en el encuentro, sin despegar la mirada de las brasas. Mario ignora tus palabras y se arrodilla a tu lado, para interesarse por tu estado extasiado. Entonces tus ojos, espejos de llamas, penetran en los masculinos y le recriminas que si no oye los ruidos. Él acaricia tu melena rizosa y te convence de que sólo estarán un par de días. Atónita pides explicaciones, él disculpa su inadvertencia. Vuelves a acomodarte en la mecedora, cierras tus párpados fatigados de lágrimas, y preguntas que por qué vinieron. Ahora es él, quien extrañado, responde que vinieron a arreglar la gotera de la habitación empapelada. – La gotera de la que te hablé hace dos meses- te recuerda Mario. FINAL

viernes, 30 de abril de 2010

"ESPÍRITU DEL MIEDO"

"CAPÍTULO I"
Recorres los quince kilómetros de sendero escoltada por viejos pinares. El polvo se adhiere al negro de tu nuevo suzuki, en una tarde gélida, salpicada de nubes grises, retratos de fantasmas. Reduces la marcha a segunda, para demorar con diez minutos la llegada a casa.
Observas rodadas recientes de la moto de Mario, que anuncian soledad en una hectárea de finca adornada por un caserón pedregoso.
Aparcas justo al lado del porche de madera. Ya apagado el motor, se oye el canto de los jilgueros. Miras reticente por los cristales, para después comprobar que los seguros del vehículo te ponen a salvo. Relajas por unos instantes tu cuerpo tenso en el asiento de cuero; pero un profundo suspiro acaba con tu inactividad.
El ruido crepitante del cuarterón, augura tu miedo; abres y cierras con tanta premura, que tus movimientos se vuelven torpes. Consciente de tu latido descarrilado, sientes que tus mejillas se ruborizan y exclamas que ya no puedes más.
Mientras las baldosas viejas revelan tu paseo a la cocina; buscas argumentos para disuadir a Mario, de que la estancia heredara de la abuela también lega terror siempre que estás solas; de que los naranjos y los cerezos, no precisan de cuidado diarios; de que la ciudad también alberga importantes musas.
Te paralizas al oír el primer ruido, hoy más intenso. Un pulso intenso azuza tu cuerpo. Cierras los ojos, robas un buena bocanada al aire y retomas tu marcha. Llegas a la cocina, pero a tu hambre la ahuyentó el miedo. Te obligarás –repites-, porque estás perdiendo peso desde que abandonaste la ciudad.
Ya en el comedor, tu cuchara navega en el caldo de verdura y hunde a los escasos fideos sabrosos. El ruido insiste en su verbena, primero con un estruendo grave que el tiempo desgasta, y luego con notas agudas que finalizan; pero que también devuelven el mismo repertorio, la misma zozobra punzante.
La ingesta de una doble tila sólo templa a tu estómago. Sin embargo, decides asomarte al vestíbulo principal, que despliega la escalinata de canto, para insistir en la misma pregunta; quieres averiguar si hay alguien. Pero... hoy también, la respuesta te devuelve tu mismo eco. Regresas a tu sitio pero de camino volteas el retrato de los abuelos de Mario.
- Iros- murmuras, –descansad en paz –suplicas mientras masajeas, con furor y cabizbaja, tus sienes. El golpazo de una puerta replica tu ruego. Entonces... un paso marcial te embriaga y subes a la planta, que sepulta los ruidos que te enloquecen. CONTINUARÁ

viernes, 23 de abril de 2010

"MERECIDO FINAL"


"CAPÍTULO IV"

El itinerario hasta el escenario de sus intenciones, lo hace en su Audi negro y escucha la misma melodía relajante. Aparca a dos manzanas de la casa y recoge su cabello con la gorra oscura que oculta parte de su rostro.

Una vez en la puerta, reza a su suerte. Abre sigilosa con la llave que desde hace años no utiliza. Sus pasos a puntillas husmean a su presa. De pronto, percibe voces. Son sus hermanos, distingue. Acelera sus pasos hacia la biblioteca. Los ojos le duelen cuando descubre el cuerpo de su padre sobre el desnudo de Celia. – Eres un cabrón – grita llena de ira, mientras saca el rifle de su costado. Él se gira confundido. Celia huye del monstruo, a quien un disparo le atiza en el brazo. Le suceden veinte puñaladas asestadas por Daniel, que atropellado irrumpió en la habitación con un puñal en cada mano y una única diana.

A los pocos minutos luces y sirenas anuncian la llegada de policías y ambulancias. La escena dibuja un homicidio, tres presuntos implicados y dos versiones. La mas adulta se declara culpable de asesinato con alevosía y premeditación. Los menores se declaran responsables únicos en defensa propia y alegan que Sofía es inocente. FIN

viernes, 16 de abril de 2010

"MERECIDO FINAL"

CAPÍTULO III

Llega a casa a una hora temprana, que le permite comer pronto y sestear un rato. Necesita descanso para su coraje. A las seis de la tarde telefonea a los gemelos y queda con ellos a las nueve para cenar en su apartamento. Los chicos se muestran conformes, su madre está ausente por motivos laborales y ellos deseosos de dictar justifica a su padre.

Durante las próximas dos horas Sofía ultima los detalles de ese día: comprueba el pasaporte que la nombra como Sehila, mira el billete que le llevará a un país que no conoce y varias veces desenfunda el revolver que será su cómplice. Tragos generosos de whisky ayudan a su talante.

Las agujas de reloj, posan sobre las ocho y ordenan acción a sus planes. Vuelve a llamar al móvil de los gemelos para decirles que le esperen en su casa, que ella llegará un poco tarde. A continuación marca el teléfono del domicilio donde viven, debe comprobar si su padre se encuentra en casa. La mano le tiembla mientras marca los nueve dígitos. Una voz masculina atiende su llamada. Es él, adivina, y temblorosa cuelga.

Aún asustada, cambia su vestimenta por ropa deportiva, y aunque la detesta, selecciona unas cuantas prendas cómodas para hacer su equipaje.

Coloca la carta para los gemelos en el felpudo del recibidor, cuando la lean descubrirán que no habrá cena, que no debatirán más juicios, que ya no le deben nada al miedo. Con un barrido de mirada despide a su solitario hogar, al que renuncia con un emotivo portazo. CONTINUARÁ


viernes, 9 de abril de 2010

"MERECIDO FINAL"


CAPÍTULO II

El regreso a casa lo hace a pié, el día soleado invita a ello. Sin embargo sus pensamientos no acompañan a la estabilidad del tiempo. Recuerda los rostros de sus hermanastros, Celia y Daniel, los mellizos: la cara pálida de ella que rompe su silencio, para contar que su padre la ha sometido a vejatorios abusos sexuales y la de horror de Daniel que condena a muerte a aquel monstruo. También recuerda su propia actitud receptiva, pero enmudecida, y su mirada ausente que evoca ese mismo relato.

Le da un puntapié a una piedra que tropieza en su camino y menea su cabeza para sacudir su mente.

Decide desviar su recorrido y se dirige a su floristería habitual para comprar las mismas flores de cada semana. La empelada del establecimiento repara que la señorita Sofía va a adelantar la visita a su difunta madre y Sofía se excusa con el exceso de trabajo.

El cortijo de los difuntos esta privado del sol, la altura de los ciprés protege cuantas ánimas allí habitan. Sofía se dirige por aquel laberinto que a tientas conoce, hasta topar con el retrato de su madre. A su rostro lo ilumina un rayo que se le escapa al sol para destacar, en aquella lápida, la sonrisa y lozanía. Sofía se sienta a su lado y se confiesa en alto, a sabiendas que los vivientes no escuchan y los muertos de alrededor ya están acostumbrados a su voz y pesares. Se lastima porque fue incapaz de consolar a los gemelos. Se reprocha no haber evitado que su tragedia se adueñase de una segunda víctima. Sola se cuestiona, sola se contesta. Relata que su padre no la volvió a forzar después de que su madre murió.

- Todo fue muy deprisa –balbucea – al poco tiempo de tu pérdida él se casó con Amalia y yo me empeñe en reprimir mi drama, a pesar de que las pesadillas muchas noches me lo devolvían. – El sollozo interrumpe su discurso- Justo al año, busqué cursar unos estudios universitarios fuera de casa. La idea para ellos fue estupenda y para mí una salvación. Nacieron los gemelos, Celia y Daniel y formaron una familia, a la que yo nunca pertenecí. – Limpia las lágrimas que resbalan por su cara y prosigue – Sin embargo, Amalia siempre les habló a los niños de mí como su hermana mayor y establecí un vinculo especial con ellos; aunque siempre envidié la complicidad de ambos. Y nunca, créeme. Nunca pensé que con Celia repetiría mi historia. – concluye su testimonio obligada por el lamento que se apiña en su garganta.

Da un beso a la palma de su mano para luego mudarlo al retrato, que sigue inmune a todo cuanto ha escuchado.